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PROCESOS DE CONTROL Y ELABORACIÓN SOCIAL,
DESDE UNA DIMENSIÓN CONCEPTUAL DE LA
CULTURA Y SU RELACIÓN CON LA RELIGIÓN COMO
INSTITUCIÓN CULTURAL
Processes of Control and Social Elaboration, from a
Conceptual Dimension of Culture and its Relationship
with Religion as a Cultural Institution
Johanna Emilce Cortés Daza
Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Colombia
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Revista Científica y Académica. Vol. 4, No. 2, Abril, Junio Año 2024
DOI: https://doi.org/10.61384/r.c.a..v4i2.244
Procesos de Control y Elaboración Social, desde una Dimensión
Conceptual de la Cultura y su Relación con la Religión como
Institución Cultural
Johanna Emilce Cortés Daza
johanna.corts@gmail.com
https://orcid.org/0000-0001-5595-3720
Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia
Colombia
RESUMEN
En el presente artículo se pretende abordar la temática de los procesos de control social desde
un abordaje teórico de la cultura en diálogo con la construcción de la religión bajo la mirada de
su concepción desde una institución cultural. El análisis se desarrolla un trabajo conceptual de
la acepción de cultura, desde principios teóricos como el de la UNESCO en las diferentes
conferencias acerca del tema tratado. El enfoque culturalista, a partir del cual se analizan los
dispositivos teóricos que sustentan al sujeto como persona que no necesariamente es sometida
a las lógicas de la dominación y su capacidad de resistencia y de ser partícipe de la construcción
de la cultura. Y el enfoque estructuralista de la cultura que supone que las clases sociales están
determinadas por mediaciones políticas e ideológicas que están de antemano formalizadas en
la cultura dentro de las instituciones del ESTADO. De este análisis conceptual se concluyen entre
otras, que las diferentes nociones de cultura que apuntan a un encuentro democrático entre
sujetos sociales; la fundamentación de la humanidad centrada desde una construcción cultural
fundamentada en una ideología de la dominación. Y cómo por medio de las relaciones de poder
se establecen los procesos de subyugación y de resignación para quienes se conforman
diferentes grupos culturales.
Palabras clave: cultura, control social, religión, institución social
Recibido: 16-abril-2024 / Aprobado: 18-mayo-2024
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Processes of Control and Social Elaboration, from a Conceptual
Dimension of Culture and its Relationship with Religion as a
Cultural Institution
ABSTRACT
This article aims to adress the issue of social control processes from a theoretical approach to
culture in dialogue with the construction of religión from the perspective of its conception from
a cultural institution. The análisis develops a conceptual work on the meaning of cultura, from
theoretical principles such as that of UNESCO in the different conferences on the topic discussed.
The culturalist approach, from wich the theoretical devices that support the subject to the logic
of domination and their capacity for resistence and being a participant in the construction of the
culture are analyzed. And the structuralist approach to culture that assumes that social classes
are determined by political and ideological mediations that are in advance formalized in culture
within the institutions of the STATE. From this conceptual análisis, we conclude, among others,
that the diferente notions of culture that point to a democratic encounter between social
subjects; the foundation of humanity centered on a cultural construction base don an ideology
of domination. And how, through power relations, processes of subjugation and resignation are
established for those who form different cultural groups.
Keywords: culture, social control, religión, social institution
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INTRODUCCIÓN
En este artículo, se definen diferentes procesos de control social. Para ello, se aborda la temática
central de las perspectivas conceptuales de cultura, entendida como una esfera social que
comporta diferentes aspectos, escenarios y contextos (políticos, económicos, normativos,
educativos, entre otros), dentro de una comunidad. Su amplitud conceptual plantea dificultades
epistemológicas para su estudio o para el establecimiento de una noción única. En consecuencia,
su diversidad teórica muestra diferentes caminos para su exploración. Desde esa perspectiva,
este acápite se encarga de adentrarse en algunas concepciones de la cultura, en especial, dentro
de la relación que guarda en intimidad con la religión. A partir de los procesos de control y
elaboración social, la cultura se delinea en medio de prácticas discursivas, relaciones y acciones
sociales.
Para la UNESCO, la cultura ha tenido un espacio para la reflexión epistemológica; no obstante,
a pesar de que es un referente a la hora de la conceptualización, esta noción es demasiado
simplista resulta insuficiente a la luz de unos debates epistemológicos que se vienen dando
desde hace varias décadas. En ese sentido, se puede decir que el abordaje teórico propuesto
por este estudio, se refiere a un momento específico de los Estudios Culturales; con el paso del
tiempo y con la consolidación de este campo en otras regiones del mundo, como Estados Unidos
y América Latina, se puede abordar la noción de cultura, desde las perspectivas paradigmáticas
culturalista y estructuralista –con sus respectivas variaciones de énfasis (romántica, idealista,
antropológica, entre otras).
La primera se basa en el sustrato creativo de la cultura y de la experiencia de los sujetos como
construcción de la misma (Williams, 1965, 1971, 1999; Thompson, 1966). La segunda tiene como
prioridad examinar las diferentes formas en que se encarnan las relaciones de poder, con el fin
de sostener la relación de dominación y subyugación desde principios económicos e ideológicos
(Althusser, 1970, 1971). Por otra parte, desde la plataforma conceptual estructuralista, se
desarrolla la noción de la institución cultural y sus procesos en un campo religioso.
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Horizonte Conceptual de la UNESCO
La cultura encarna una noción de sujeto, de contexto, de identidad, de entorno, de expresiones
artísticas, de convivencia, de ideología, lucha, dominación y sumisión, poder y estructuras, entre
otras. La exposición de los paradigmas culturalistas y estructuralistas, sirven para facilitar la
comprensión de un modelo prototípico alrededor de la cultura como entidad conceptual de las
ciencias sociales.
La primera Conferencia Internacional de la United Nations Educational, Scientific and Cultural
Organization (UNESCO) sobre cultura, en 1970, realizó una aproximación al concepto. El informe
final afirma que la cultura no es principalmente el consumo o la conservación del pasado sino
fundamentalmente una experiencia y una participación simultánea en el proceso creador
(UNESCO, 1970).
Esta idea de cultura surge en un contexto que se aleja de sus significados primigenios, puesto
que ha sido vista en varias de las perspectivas teóricas tradicionales como una posesión de la
élite, en la que primaban el saber enciclopédico y el ejercicio o apreciación de las bellas artes,
como se expuso, anteriormente, mediante el modelo culturalista. En ese plano de trabajo, las
diferentes perspectivas en torno de la cultura fueron sitiadas, conceptualmente, por la
apropiación de su significado tradicionalmente aceptado.
Este tipo de enfoques no había desarrollado ideas y nociones, pertenecientes a la experticia, a
la vida misma, a la cotidianidad y al individuo como sujeto creador de la cultura. Dicho
movimiento se enmarca en la tradición ortodoxa de la cultura, entendida como una serie de
fenómenos aislados, principalmente asociados a espacios económicos y artísticos. La
incertidumbre, las tradiciones, el diálogo y las vivencias cotidianas no se inscribían dentro de las
discusiones sobre los fenómenos culturales.
Sin embargo, la cultura es una parte integral de la vida social, de tal manera que la política
cultural puede ser apreciada en el contexto de la política general gubernamental y social,
independientemente de las disposiciones administrativas que se adopten (UNESCO, 1970). Esto
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indica que la cultura no es impuesta sino construida, de tal manera que el sujeto y las
colectividades son quienes se encargan de realizarla, más allá de un sistema normativo.
Esta noción tiene raíces antropológicas que se distancian del esquema perceptivo de la cultura
como dominio y potestad de unas clases sociales privilegiadas o de los cánones de las diferentes
expresiones artísticas, o de los criterios oficiales excluyentes de los gobiernos. Esta visión asume
una postura social y democrática que le da a la cultura un espacio vital en la construcción
colectiva de las sociedades. Superado el reduccionismo tradicional de la definición, la
concepción involucra a todos los individuos, a pesar de sus diferencias, inherentes a los ámbitos
económicos, sociales y políticos.
En 1972, en la Conferencia de Helsinki, los estados que hacían parte de la UNESCO definen la
cultura como un cúmulo de expresiones espirituales y materiales de una sociedad, en la medida
en que estas constituyen el producto de las actitudes y aptitudes creadoras del hombre, o que
de otro modo se basan en dichas actitudes y aptitudes (UNESCO, 1972). Tanto en la definición
de 1970, como en la de 1972, se reconoce el aspecto creador de la cultura y su construcción de
carácter colectivo. Asimismo, parece que a la luz del debate epistémico no resulta ser una noción
absoluta y permite ser discutida con base en las posturas que se ha propuesto desentrañar, la
escuela de Frankfort y algunos teóricos que promueven un sentido más rico esclarecedor
Por otra parte, la cultura no sería un objeto de lujo, un elemento decorativo, una evasión, ni una
excusa, sino una dimensión esencial de la vida (UNESCO, 1972), un contexto para reconocer al
otro, ser parte del otro, cimentar con el otro, vivir con el otro, encontrar en el otro la posibilidad
de edificar una sociedad. En 1982, la Conferencia Mundial sobre Políticas culturales de México
formalizó un concepto que, define la cultura la cultura como objeto de estudio.
[…] La cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos
distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a
una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los
modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de
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valores, las tradiciones y las creencias y […] da al hombre la capacidad de
reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres
específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A
través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el
hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un
proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca
incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden.
(UNESCO, 1982, pág.1).
En razón de lo anterior, este concepto remite a la noción de sujeto, como se habló
precedentemente, así como a la noción de colectividad, pero a su vez, también estatuye una
relación fundamental con el aprendizaje y la enseñanza y, por ende, con la educación. Se plantea
el espíritu de preservación de lo netamente tradicional-histórico de las sociedades, la
construcción relativa a su presente de todas sus creaciones y, asimismo, la proyección y los retos
que asume para trascender y perdurar en el tiempo. Por eso, las artes, los derechos, el espíritu
crítico, la comprensión de los valores y demás expresiones, que impregnan el anterior concepto
de carácter ontológico, implican actos educativos, actos de constante reflexión y aprendizaje,
actos de análisis y enseñanza.
Además de sus presupuestos antropológicos y ontológicos, el concepto de cultura […] es
esencialmente un concepto semiótico. Si el hombre es un animal inserto en tramas de
significación que él mismo ha tejido, la cultura es esa urdimbre interpretativa en busca de
significaciones (Geertz, 1973). De este modo, la cultura se entiende como proceso ideológico de
significados, a partir de la relación dialógica entre individuos, en un contexto representativo. La
cultura entabla de esta forma una visión que encarna no solo la posibilidad de construcción, sino
de interpretación; es decir, si la cultura es un conjunto de significados ha de tener una reflexión
por parte de quienes la construyen.
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Si bien, las nociones de cultura, anteriormente presentadas, constituyen un valor importante en
la consolidación de sociedades más humanas, igualitarias y fraternas, también es cierto que las
prácticas culturales y, de la misma forma, las educativas, se dan en espacios de desigualdad,
inequidad y opresión.
Según lo anterior, la cultura puede enfrentarse a dos condiciones: en primer lugar, trasmitir su
capital a los individuos –obedientes y pasivos-, en torno de verdades, hechos, valores y
creencias, al arbitrio de las lógicas de dominación de las instituciones (jurídicas, estatales,
educativas o religiosas, entre otras posibilidades) sin la oportunidad crítica de cuestionar; o, en
segundo lugar, situarse en circunstancias de carácter problemático, en las que la interacción
social ofrezca como oportunidad la resolución de tales situaciones, de modo que se allane
dialógicamente un camino de transformación cultural.
Horizonte Conceptual Culturalista de la Cultura
La plataforma conceptual culturalista se basó, principalmente, en suministrar un nuevo marco
de comprensión de la cultura. Más allá del enciclopedismo o del asombro proveniente de las
bellas artes, más allá de sus simples rasgos económicos (capitalistas, socialistas, autárquicos,
entre otros), el movimiento culturalista quebrantó el presupuesto reduccionista de la cultura
que la observaba como una abstracción del arte y los valores de nobleza, la burguesía y las élites
en general.
Estableció un desafío que incluía las creencias, las maneras de relacionarse, los lenguajes, la
escolarización, en otras palabras, la experiencia humana de los individuos. La cultura fue
configurada como un estudio que tiene en cuenta las relaciones entre elementos en toda una
forma de vida (Williams, 1965). Asimismo, el culturalismo entendió al individuo dentro de un
contexto en plena interacción social, bajo una relación conflictual determinada para realizar
transformaciones históricas de la sociedad (Thompson, 1966).
En relación con el culturalismo, una de sus aportaciones más relevante fue penetrar las bases
del marxismo en lo concerniente al ámbito cultural. Por un lado, los culturalistas evidenciaron
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que el marxismo supuso una forma diferente de comprender la experiencia y la participación
humana en la re-construcción de la cultura, bajo presupuestos económicos e históricos
(Williams, 1965; Thompson, 1966). Por otro, hicieron una crítica reveladora en torno de la visión
elitista y conservadora de la alta cultura
1
que igualaban el arte y los valores burgueses con la
esencia misma de la civilización misma (Giroux, 2014).
De este modo, el paradigma culturalista comprende la cultura como un espacio, no
necesariamente forzado a la reproducción de la cultura ni a la utopía democrática de la
realización y transformación de la misma. La comprende, entonces, como la constitución,
integración, modelación y perfilamiento de patrones de organización y habilidad en la
configuración social. En esa medida, el acento está puesto en el complejo de las relaciones
emergentes que permean todo el ámbito social. En este caso, los procesos de elaboración y
control social están mediados por relaciones de conflicto que implica la oposición entre
diferencias y dimensiones distintas en la comprensión de clase, política y discriminación.
Sin embargo, los culturalistas han hecho de su propuesta un elemento que apoya la constitución
de una teoría de la cultura que integre a los diferentes sujetos, a pesar de sus diferencias –
sociales, políticas, de raza, de clase, de género, de orientación, entre otras–paradigma
culturalista posibilitó recobrar al sujeto, desde una perspectiva integradora que no solo ve las
esferas sociales –lenguaje, poder, instituciones, estado, economía, entre otras-, sino la vida
misma, a partir de un presupuesto de interacción social.
La crítica a las diferentes visiones tradicionales de la cultura, como noción, implican perforar los
supuestos tradicionales de que la cultura proviene del arte y del intercambio de conocimiento
altamente valorado por las élites. Asimismo, se puede extrapolar el enfoque dinámico de la
cultura, es decir, el desarrollo de «la idea más activa de un campo fuerzas mutuamente y
también desigualmente determinantes» (Williams, 1971).
1
La cursiva pertenece al autor de la investigación.
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En ambas expresiones críticas, se resalta el ámbito de las brechas sociales y la inminente
exposición de la cultura como configuración de una lucha entre clases. Sin embargo, el
culturalismo pone en juego la experiencia humana en relación con la movilidad social,
estableciendo que «la naturaleza de la dominación de clase no es vista como imposición de
poder estática y unidimensional por parte de las clases dominantes» (Giroux, 2014). Asimismo,
reduce el espectro de los logros sociales de las comunidades y de las clases sociales oprimidas,
en medio de la idea de que las luchas de clases tienden a beneficiar a las élites en posición de
dominación; esto es, el medio por el cual el control social se establece sobre supuestos teóricos
idealizados, pero que no son fácilmente llevados a las prácticas sociales.
La cultura puede verse, desde esa perspectiva, como un ejercicio del poder dentro de un campo
de lucha que tiene mecanismos constantes de disputa hincados en resistencias y choques
históricamente determinados. Esto reafirma la postura del poder en la teoría foucaultiana, como
un estado dinámico de confrontación en el que subyacen los elementos de tensión y de
posibilidades de emancipación cultural de las clases oprimidas, a pesar de que primen los
intereses de los grupos dominantes.
En esa medida, el ejercicio del poder no determina totalmente la resistencia de las clases menos
favorecidas. Tampoco minimiza, por ningún motivo, la participación activa de las clases
oprimidas frente al devenir propio de los procedimientos dominantes que se dan en la economía
(formas específicas de producción), en la iglesia (creencias y fe absoluta en los esquemas de la
divinidad) y en la escuela (métodos preparatorios para el desarrollo de la fuerza laboral), entre
otros. En teoría, las presunciones culturalistas adolecen de un criterio más amplio en la
concepción de las estructuras que determinan una sociedad, en pos de alimentar y dar fortaleza
a las nociones de conciencia y de experiencia como principales responsables del cambio social.
En este sentido, estos supuestos también se enfocan en el desarrollo de procesos de controlo y
elaboración social, de modo que desconocen patrones determinados que se sitúan en un campo
diferente al de la conciencia y de la experiencia.
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También desconocen los procesos históricos, sociales, económicos y políticos que no están
sujetos a una vivencia ni a una cotidianidad, sino que están ahí y que, por el hecho de estar ahí,
en el contexto mismo, siguen latentes. Excluir estas situaciones es peligroso, puesto que
muestran solo un lado de los conflictos, es decir, la relación que existe entre dominados y
dominantes, como una determinante simple, excluyendo las relaciones de poder que allí se
entretejen. Esto significa que no existe un análisis profundo sobre el poder estratégico, que fija
los modos y las acciones que se apropian de las condiciones de la realidad y mitigan, poco a
poco, el ejercicio emancipador, conducente a un cambio social de estas condiciones.
El paradigma culturalista, por tanto, provee de dispositivos teóricos que sustentan al sujeto
como persona que no necesariamente es sometida a las lógicas de la dominación y que, a su
vez, contiene en sí mismo la capacidad de resistencia y de ser partícipe de la construcción de la
cultura. En ese sentido, solo es posible comprender la importancia de este modelo cultural sobre
la realidad; es decir, sobre el momento en que pueda llevar a cabo procesos teorácticos
2
que
propendan por llevar al ámbito social sus presunciones teóricas, y desde ese mismo espacio,
volver sobre la reflexión teórica de sus equívocos y aciertos.
En síntesis, el paradigma culturalista ofrece una serie de aproximaciones teóricas que elevan la
experiencia y la recuperación de la conciencia, en detrimento del reconocimiento necesario de
las estructuras sociales que juegan un papel definitivo en las situaciones y contextos sociales de
una época. A pesar de ello, el culturalismo mantiene un enfoque que vincula la experiencia, la
conciencia del momento y el pensamiento crítico con las posibilidades de lucha y emancipación
a través de las mismas estructuras –que ha negado constantemente-, de modo que se pueda
despejar un camino para ejercer presión al sistema opresor.
2
La teoráctica, etimológicamente, tiene su raíz en los términos fusionados
Teoría y Práctica.
De este
modo, proviene del griego
θεωρία
–theoría- (espectador), del griego
θεωρεω –
theōreō- y formada con la
partícula
θεα
–thea- (vista). Del latín
practĭcus
y este del griego antiguo
Πρακτική
–practiké- . En este caso,
teoráctica se refiere a la construcción teórica que hace parte de la práctica; del mismo modo, se refiere
a la práctica como una forma de construir teorías (Cabezas, 2011).
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Horizonte Conceptual Estructuralista de la Cultura
La configuración estructuralista de la cultura hace un énfasis en la fuerza de las estructuras
subrepticias, así como en «las prácticas materiales que generan la apariencia superficial de las
formas culturales» (Bennet, 1979). Situado en el terreno psicológico y en el ejercicio de las
prácticas culturales, el estructuralismo se soporta en la visibilidad de las estructuras mentales,
materializadas en la acción social.
Es decir, existe una plataforma en donde se ubican, se movilizan y se determinan las conductas
individuales en las dinámicas sociales. De este modo, el énfasis ya no incluye el ámbito de la
conciencia y la experiencia humana como forma de vida, sino que indaga el funcionamiento de
la sociedad y la multiplicidad de esquemas que la reproducen, especialmente en y a través del
proceso educativo
3
. Es importante resaltar que la experiencia y la conciencia humanas se
agencian en este modelo, simplemente, como un espacio secundario en la configuración de la
cultura.
Uno de los aportes del estructuralismo se fundamentó en la comprensión económica, política e
ideológica de la cultura. En oposición a la postura culturalista, que entiende el conjunto social
como una representación de una cultura, afirmada en la intervención dinámica de los individuos,
los análisis estructurales proponen una noción de totalidad y una relativa autonomía atada a la
irreductibilidad de los niveles específicos de la sociedad (Giroux, 2014).
Este giro conceptual no es menor, porque abstrae el complejo social como una estructura,
construida a partir de modelos concretos que actúan por sí mismos. En otras palabras, estos
modelos (ideológicos, políticos, educativos, jurídicos, económicos, entre otros) gozan de una
independencia propia y de un efecto único en la construcción del presente y del futuro, de la
historia (Giroux, 2014).
3
La reproducción social y la estructuración de las relaciones inherentes al poder y a las clases sociales
está directamente relacionado con las formas en que la cultura se internaliza a través de los procesos
de educación.
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En ese orden de ideas, la autonomía relativa sirve como concepto central del enfoque
estructuralista de la cultura. Por una parte, recrea la separación e independencia de los
componentes estructurales de la economía, la política y la ideología. Por otra, reconoce que la
economía es un ámbito central de la sociedad. De este modo, la condición económica de las
sociedades determina su política y su ideología, puesto que, dentro de las estructuras
constitutivas de las mismas, se convierte en su base fundamental.
El espectro estructuralista ve en el aparato ideológico del Estado, especialmente, en los espacios
escolares la representación más clave en la aprobación y participación en las lógicas capitalistas
dominantes (Althusser, 1971). Este punto de vista supone que la ideología y los valores
culturales se permean dentro de las instituciones del estado. Mediante acciones y procesos
educativos, la ideología y los valores encarnan la posibilidad de asegurar las relaciones de
dominación de carácter económico en un nivel micro-institucional.
Esta idea pertenece a una base conceptual clave en la comprensión del modelo estructural: el
rechazo a la primacía del ser humano y la importancia determinística de la conciencia y de la
experiencia como ejes primarios en la conformación de la historia (Giroux, 2014). Al desconocer
al sujeto –en su noción antropológica- como un agente de la historia, lo restringe de su función
decisiva en la transformación social.
Como metáfora, se podría decir que los sujetos son actores que encarnan papeles o personajes
determinados por las grandes estructuras de la sociedad. Esto tiene un carácter categórico en
varios enunciados que son lugar común en las empresas, en los centros universitarios y, por
supuesto, en los escenarios escolares, entre otros. Cuando se afirma que «nadie es
indispensable» o que «las instituciones persisten a pesar de que alguien se vaya», se infiere que
la noción de sujeto desaparece y se reafirma la condición sólida de las estructuras, en
detrimento de los individuos, como seres capaces de transformar su entorno. Para Althusser
(1970):
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Los verdaderos «sujetos» (en el sentido de sujetos constituyentes del proceso) no
son estos ocupantes ni esos funcionarios, no son, contrariamente a todas las
apariencias, a las «evidencias» de lo «dado» de la antropología ingenua, los
«individuos concretos», los «hombres reales», sino la definición y la distribución
de esos lugares y de esas funciones; los verdaderos «sujetos» son pues esos
definidores y esos distribuidores: las relaciones de producción. (Althusser, 1970,
pág. 194).
El problema del «sujeto» en el estructuralismo decanta, en gran medida, la posibilidad de
concebir una teoría cultural. Enraizado en el materialismo y la abstracción de las estructuras,
esta noción hace un énfasis profundo en escindir al sujeto como categoría fundamental de los
estudios culturales y, asimismo, como individuo que hace parte de la vida misma. Los sujetos
humanos parecen ser disueltos en una teoría de la dominación y determinación que soporta una
extraña semblanza de la descentralización positivista del sujeto (Giddens, 1979).
En un nivel macropolítico, específicamente en el ámbito estatal, la cultura está mediada por el
efecto de la regulación y la reflexión en torno de las discrepancias y presiones operantes,
inherentes al pensamiento diferenciado de los individuos y de los grupos sociales. En el medio
de esta función regulativa y reflexiva de la cultura, el poder del estado implica el desarrollo de
una habilidad que al mismo tiempo permita la autonomía relativa de cada institución a su cargo,
así como de inhibirla en los casos de mayor tensión. En esta dimensión, el Estado no sería
reducido a la noción instrumental básica de ejercer el control totalitario de la sociedad
(Poulantzas, 1985); más bien, es situado como un sistema inteligente que se adecúa al contexto
social, al manejo de los medios de comunicación, a las expectativas de los grupos sociales, a los
movimientos de resistencia y lucha, sin perder el rumbo de su papel regulativo.
De la misma forma, el estructuralismo se basa en una noción de elaboración y control social de
clase, imparcialmente determinada por cuestiones políticas e ideológicas, de modo que la
subjetividad vuelve a estar en un segundo plano. Por otra parte, el modelo estructuralista
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también tiene una noción de ideología, primordialmente arraigada a una fuente de cohesión y
unidad entre hombres y mujeres en una sociedad (Althusser, 1970). En el trabajo de Giroux
(2014), se indaga por el funcionamiento de la ideología en el constructo social de la cultura:
En esencia, la ideología tiene dos requisitos funcionales. Por un lado, es tanto un
medio como un producto de prácticas materiales que constituyen el famoso
aparato ideológico del estado. […] Por otro lado, los individuos no solo «viven»
dentro de la ideología, sino que también están constituidos de ideología. […] La
ideología entonces, constituye «sujetos» en la perspectiva estructuralista, pero
tales sujetos son humanos sin el beneficio de la reflexión o de la posibilidad de
luchar individual o colectivamente. (Giroux, 2014, pág. 171).
Este planteamiento que se basa en los trabajos de Althusser (1970, 1971) no deja de plantear
inquietudes interesantes, en torno de la ideología y de su relación directa con los individuos. Se
puede deducir que existe una aproximación mecanicista al sujeto, entendido como medida o
número, desde un planteamiento netamente positivista. Por tanto, no existe teóricamente la
posibilidad de la mediación, la construcción propia y, por consiguiente, la esperanza de cambiar
su realidad.
No es vano que la postura estructuralista esté cimentada sobre un panorama lógico-positivista,
que ve en los movimientos sociales una dinámica de la lentitud en las posibilidades de
generación transformadora del contexto. Esto supone una seria amenaza a la materialidad, al
análisis racional de la vida misma y de su constitución figurativa sobre la realidad. En otras
palabras, la cultura es un edificio férreo constituido por estructuras casi inamovibles. Al
respecto, la realidad dice otras cosas y, por tanto, el sustento teórico del estructuralismo es
apenas analizado desde un lado sistémico, entendido como engranaje y máquina que no puede
ser tras-tocada.
Finalmente, el estructuralismo como perspectiva cultural asume los conceptos de clase desde
otros focos de atención –que bien pueden ser contradictorios o complementarios (en algunos
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puntos) con la perspectiva culturalista-. La noción de clase en el culturalismo, entrevista como
un modo intersubjetivo de la experiencia y del sujeto de clase como agente de la historia (Giroux,
2014), es diferenciada por el estructuralismo mediante una objeción bastante singular: la lucha
de clases.
De este modo, la cultura se comprende a partir de los conceptos de lucha y de los conflictos que
surgen de las tensiones antagónicas en el medio social. En relación con la crítica al culturalismo,
es necesario hacer una diferenciación de fondo frente a la idea inmediatamente anterior.
Aunque pueden parecer similares en apariencia, la perspectiva culturalista y la estructuralista
se distancian bastante en la comprensión del fenómeno de la lucha de clases, los conflictos y sus
mediaciones sociales.
Esto es, mientras el culturalismo observa con atención la interacción social como medio
potencial de los sujetos para construir la historia desde sus experiencias, el estructuralismo
supone que las clases sociales están determinadas por mediaciones políticas e ideológicas que
están de antemano formalizadas en la cultura. Asimismo, la posición radical del estructuralismo
parte del supuesto teórico de que la subjetividad humana subyace a la existencia material de
prácticas sociales, que se implantan profundamente en los individuos a través de diversos
medios, como la escolarización, el derecho, la historia, la sociología (Althusser 1970, 1971) y,
más recientemente, a través de las estructuras mediáticas como la televisión, la internet y los
medios electrónicos.
Por consiguiente, ambas posturas teoréticas no representan, como tal, una teoría
suficientemente fundamentada sobre la cultura. Sin duda, ambas perspectivas carecen de un
soporte que permita ir más allá de la experiencia de la construcción y de las vivencias cotidianas
(«culturalismo») o, más allá de las relaciones sociales mediadas por el sistema económico
(«estructuralismo») (Giroux, 2014). Sin embargo, no deja de ser relevante lo que cada una de
estas propuestas han aportado para la discusión sobre la cultura.
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En ese sentido, es importante tener en cuenta que, para el culturalismo, sería primordial
comprender que más allá de la experiencia, la mediación y la participación humana es necesario
reconocer el escenario social de las grandes estructuras que permanecen a su alrededor;
asimismo, existe la urgencia de establecer articulaciones con tales estructuras de modo que se
pueda allanar una vía de diálogo para complejizar la cultura desde la realidad y la abstracción de
sus supuestos.
Del mismo modo, para el estructuralismo es fundamental reconocer al sujeto, no solo como un
producto, como un número o como un «mero» portador de funciones preestablecidas por
diferentes estructuras, tales como la escuela, la iglesia, la política y la normatividad. Es prioritario
que el modelo estructuralista comprenda al sujeto, como un ser capaz de abstraer las relaciones
asimétricas que vive con los aparatos ideológicos del estado, de modo que entrevea las
posibilidades de transformar su contexto situacional mediante la lucha y la consecuente
emancipación.
Las dos conclusiones precedentes también permiten inferir que ambas perspectivas se han
divorciado de las posibilidades de diálogo que existen entre sus posturas teóricas. Esto no es
extraño, pues parten de dos corrientes bastante dispersas: el positivismo, en el caso del
estructuralismo, y la interacción social, en el caso del culturalismo. Sin embargo, al reducir sus
posibilidades de encuentro, han terminado por suprimir la indudable capacidad crítica de sus
escenarios teóricos. En razón de ello, es necesario acceder a una reflexión analítica de las
nociones que sustentan, tales como ideología, cultura, lucha de clases y, por supuesto, sujeto.
En este sentido, los procesos de control y elaboración social constituyen un foco de atención en
el que priman las relaciones de poder y la dominación en escenarios como la educación, la Iglesia
y el Estado.
En cuanto la primera condición, la cultura cuenta con un modelo de difusión orientado a la
conservación de las tradiciones y las estructuras rígidas normativas, impuestas
institucionalmente, con base en un esquema ideológico de una sociedad estática y reproductora
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de sí misma. En lo que concierne a la segunda condición, se presenta la realidad como un
problema que encarna la posibilidad alternativa del diálogo y de la construcción colectiva y
crítica de una cultura transformada. Los procesos de control y elaboración social, desde esta
perspectiva, permitirían la relación dialéctica entre sus supuestos teóricos y las formas en que
las prácticas sociales puedan ejercer mecanismos de transformación social.
Esta tensión teórica y práctica ha sido bastante trabajada por “la escuela de Frankfurt”
4
.
Generalmente, resuelta en favor de la primera condición, la cultura ha llegado a ser un nuevo
sitio de elaboración y control social para ese aspecto de la racionalidad […] en el que la
dominación de la naturaleza y la sociedad se lleva a cabo bajo el pretexto del progreso técnico
y el crecimiento económico (Giroux, 2014). La cultura, más allá de la convergencia entre las
posturas ontológicas, idealistas o románticas, ha llegado a ser una industria que produce no solo
bienes, sino que legítima las lógicas del capital y del poder de sus instituciones (Adorno &
Horkheimer, 1972).
En consecuencia, los conceptos de origen antropológico, ontológico, tradicional, idealista y
romántico de la cultura muestran un lado sombrío, impregnado de un reduccionismo
meramente epistemológico, cuya posibilidad teoráctica está muy lejos de ser experimentada.
Lo que esto implica es una mirada crítica que sea capaz de analizar y vincular la
conceptualización con la acción; la cultura necesita de un espacio sobre la realidad, en el que no
pretenda ser lo que no ha sido, un espacio que pueda reflexionar sobre su pasado y su presente
de modo que viva su lucha con las posibilidades colectivas de los individuos que la construyen.
4
La escuela de Frankfurt surge como una postura epistemológica en el siglo XX, más exactamente en
la década del 20, dentro del Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt. El análisis de la cultura
que este enfoque presenta tiene raíces profundas en la posguerra mundial de 1914 y en el exilio
obligatorio proveniente del nazismo. El origen de esta perspectiva se fundamenta primordialmente en
los aportes teóricos de estos autores: más precisamente hablamos de los aportes de Horkheimer, Adorno,
Marcuse y Benjamin.
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CONCLUSIONES
Como se ha venido precisando, la sociedad tiene su articulación vital en la cultura (reproducida
o transformada). Vale la pena señalar que toda cultura supone una ideología y unos ámbitos de
acción que se determinan por la discusión, la lucha, la resistencia o la resignación. En cualquiera
de estos casos, la cultura tiene en su interior una plataforma ideológica que formaliza su
transformación o su reproducción. La cultura es terreno habitado por luchas vividas y niveles
conflictivos de determinación. La ideología fue rescatada de la noción reduccionista de la falsa
conciencia y redefinida […] en el ámbito de las relaciones sociales y las prácticas culturales
(Giroux, 2014).
Mientras las diferentes nociones de cultura apuntan a un encuentro democrático entre sujetos
sociales, las prácticas culturales han demostrado que la humanidad está basada en una
construcción cultural que se fundamenta en una ideología de la dominación. Por medio de las
relaciones de poder, juegan un papel importante la dominación –para quienes detentan los
procesos de subyugación-y la resignación –para quienes se conforman con el ejercicio de la
opresión en sus vidas-.
Es importante comprender que las conceptualizaciones sufren cambios históricos que no son
solo de carácter epistemológico, sino que también se adaptan, mutan y se transforman en medio
de condiciones sociales específicas. En el caso de la cultura, el principio originario puede ser su
sustento etimológico proveniente del latín cultum, cultus, cuyo valor semántico traduce cultivo.
La recopilación conceptual de este campo de estudio, cuenta con más de 250 concepciones en
el mundo académico (Kohlberg, 1973).
Dentro de las diferentes concepciones, se pudo observar que, para el análisis de la religión como
institución cultural en el municipio de Chiquinquirá, las dos corrientes elegidas de las múltiples
que hay, son claves a la hora de entender que hay una mirada tradicional que se enfoca en la
comprensión de la cultura como un escenario para el cultivo de las bellas artes, las humanidades
en general. En este tramo histórico, esta noción es altamente excluyente, pues aísla modos de
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vida, costumbres, creencias, entre otros aspectos que dan una multidimensionalidad al
concepto.
Las transiciones culturalistas y estructuralistas de Lévi-Strauss (1964, 1973), como los
importantes avances de la UNESCO, en materia de interculturalidad, multiculturalidad, proveen
de elementos constitutivos de carácter epistemológico que propician análisis, dentro del
modelo metodológico de esta labor de investigación. En ese sentido, la cultura y su comprensión
desde estas aristas permite allanar el camino de comprensión de la institución cultural y los
elementos sociales que allí convergen.
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